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MOSAICO

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martes, 23 de noviembre de 2010

EL LADRONCILLO DE SOMBRAS

Desde que era muy pequeñito, Esteban soñaba con poseer el cariño de todos. Cuando no lograba ser el centro de atención, se entristecía. Muchas veces, las personas se alejaban de Esteban, precisamente por su reiterado énfasis en despertar el interés de todos hacia él. Ya siendo un niño grande, seguía empeñado en llamar la atención.

Un día soleado, Esteban contemplaba como las personas buscaban las sombras para cobijarse. Entonces tuvo una idea: «Si me apodero de muchas sombras, atraeré mucha gente hacia mí.»
Se dedicó a acechar las sombras ajenas, para robarlas. Primero usurpó la sombra de un compañero del colegio. Luego arrebató la sombra de su profesor de deporte, que era un fortachón. A continuación, sus padres perdieron sus sombras «misteriosamente». Dondequiera que iba Esteban, notaba que las sombras lo rodeaban.

Su afición por robar sombras siguió aumentando. Pronto ninguna persona de su colegio tenía sombra. Incluso empezó a despojar de sus sombras a las cosas. Desapareció la sombra del viejo molino, también la del obelisco del Parque Mayor. Igual paso con la sombra del edificio de Correos.
La ciudad entera se alborotó. Hasta el alcalde perdió su sombra; lo mismo el cura, el jefe de los bomberos y doña Ana, la repostera. Las sombras de los árboles también fueron robadas. Ni siquiera las sombrillas daban sus sombras, ni las nubes... Esteban hurtó todas las sombras. Las acaparaba. Adonde llegaba, exhibía su colección de sombras.

En esos días tan calurosos, poco a poco fueron llegando personas sin sombras a refrescarse bajo las sombras de Esteban. Se sentía orgulloso porque finalmente captaba la atención total: ¡todos querían ir donde él, pues era el único que tenía sombras! Con ese monopolio de sombras, hasta en los pueblos vecinos se corrió la noticia de que Esteban tenía sombras refrescantes. Era habitual escuchar, por ejemplo, que una niña le decía a su madre: «Voy a donde Esteban para «asombrarme». «Asombrarse» se acuñó popularmente como sinónimo de «ir a donde Esteban».
Era curioso. Según el ángulo en que uno se colocaba, se veía a Esteban proyectando sombras diferentes: la de una torre o de un viejito, la de una iglesia o de un caballo, etc.

Fue creciendo el tumulto en torno a Esteban. El panadero peleaba con la dueña del salón de belleza: «Oye, que esta sombra grande la encontré yo primero. ¡Aléjate de aquí!»
La hija del gobernador golpeó a la prima del joyero a causa de una disputa por un pedazo de las sombras de Esteban. «¿Pero quién te crees que eres? ¡Yo llegué antes que tú, hija de tu padre!»
Ni el policía podía controlar el desorden: andaba muy preocupado buscando rastros de su propia sombra. ¡Tremendos líos se armaron!

Pero Esteban no estaba feliz. Las personas lo rodeaban, pero no era por él, sino por sus sombras. Además, todos estaban enojados y peleándose.
Para no mirar las riñas a su alrededor, el muchacho levantó la mirada al cielo. Entonces vio al Sol. Ahí estaba, resplandeciente.
«Buenos días», saludó el Sol.
«Hoy no ha sido un día bueno», le respondió Esteban.
«¿Por qué no? Pues yo me siento radiante.»
«Es que acumulé las sombras, pensando que así yo iba a ser feliz, pero parece que me equivoqué...»

En ese momento, Esteban cayó en la cuenta de que el Sol era el único a quien no le había robado la sombra. Y sin embargo, el Sol no tenía sombra y parecía feliz.
«Sol, ¿por qué te quedaste sin sombra, si a ti no te he robado?»
«Es que yo no almaceno sombras, al contrario: las reparto.»
«¿Y así puedes estar tan radiante?», le cuestionó el chico.
El Sol le compartió su testimonio:
«Soy feliz cuando me doy a los demás, cuando reparto mis dones.»
«Quisiera devolver a cada uno su sombra, pero no puedo porque son muchos a quienes repartir.», le confesó Esteban.
El Sol se ofreció:
«No te preocupes. Si quieres, yo me encargo de devolver cada sombra a su dueño.»

Como por arte de magia, todas las sombras volvieron a sus correspondientes dueños. Las discusiones cesaron. La paz volvió a la ciudad. Mientras tanto, Esteban, recordando las sabias palabras del Sol, probó a entregarse a los demás. En vez de amontonar, comenzó a repartir sus propios dones: sonreía a todos, compartía su amistad, ayudaba con sus talentos... Y ¡sorpresa! las personas empezaron a acercarse a Esteban, no por ninguna sombra, sino porque les parecía un muchacho tan simpático.
Y el Sol se ocultó tras las montanas y descansó feliz.



Tomado de "Cuentos cortos en un blog con titulo largo"

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